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7月21日

LA NOCHE

ESTE SE LLEVA LAS PALMAS. TENÍA 16 AÑOS CUANDO LO ESCRIBÍ, NADIE MA HABÍA BESADO, NI TOMADO DE LA MANO SIQUIERA, Y LOGRÉ ESCRIBIR ESTO. AHI VA.
 
"RESPIRA LA NOCHE, EL MIEDO SE VA"

La Noche

Y aún, con esta inspiración a la puerta de mis ojos, me quedo sin palabras, me agoto en los silencios de su voz, me oculto en el leve murmullo del viento, escucho un suave blues llegar a mi puerta desde lo lejos, me bajo las medias lentamente para nos rasgarlas, dejo caer sobre el suelo mis dedos lánguidos y pálidos, me quedo pensando un instante mientras miro como ondea tras la ventana la rama de un árbol que parece como si me hablase, como si me invitase a un ritual debajo de sus entrañas.

Me dejo caer sobre la cama, jugueteo un rato con mis manos que sudan sin descanso, cierto nerviosismo me invade. Te veo entonces entrar por esa puerta vieja y ruidosa, te veo llegar con tus pantalones ajustados y los zapatos sucios, trato de incorporarme para saludarte pero no logro hacerlo, me quedo recostada y permanezco en silencio para no turbarte, me crees dormida.

Te acercas a mí, siento tu respiración tan cercana que me erizo, tu piel roza con la mía tan cercana que me estremece, me entrometo entre tu olor y me atrapas con tu esencia. Te sientas a mi lado, el silencio ronda entre nosotros, cierro mis ojos para pensar en el momento, no sé que hacer, es la primera vez que me miras así y es la primera vez que me encuentro de esta manera. Tocas mi rostro y lo acaricias suavemente con tu mano izquierda mientras con la derecha sostienes un vaso con agua, te lo bebes de un solo trago y lo dejas caer sobre la alfombra cayendo justo a  un lado de mis medias.

Abro mis ojos, tú te levantas, estás a punto de marcharte, yo te detengo, te tomo de la muñeca y contengo tu caminar, te sorprende verme despierta pero sonríes discreto como para no mostrarme tu felicidad. Nos quedamos así un largo rato, sólo mirándonos y en silencio, mis manos se empapan más y más, nuestra respiración se acelera, ansiedad corre por nuestras venas. De pronto vuelves a mi cama, te sientas junto a mí, me miras deseoso y me besas. Tu beso llega a mi cargado de sorpresa, aterriza en mis labios, luego se desliza por mi cuello, baja un poco a mis hombros, llega tímidamente tocando mis senos jóvenes, se sumerge poco a poco entre mis poros y de un golpe atraviesa mi cuerpo hasta que se pierde en el tiempo.

Un beso, un solo beso que lo significa todo, te respondo con otro y me besas ahora la frente, luego las manos, luego los ojos y así se va apagando la noche, entre besos y caricias que me inundas locamente, entre tu tacto leve pero intrigante, entre tus manos maestras y las mías infantiles y temblorosas, entre el sudor que nos empapa de deseo y entre la lluvia que afuera se derrama sobre el camino.

Y allá en la calle el viento corre, los perros ladran, las gentes viven, algunos festejan cuando los demás lloran mientras tú y yo, aquí dentro, parecemos amarnos.  

La ciudad de los palacios

Este, sin duda, es uno de mis favoritos, me gusta muchísimo, sigo leyéndolo y me impresiona saber que es un texto mío, no es por nada, pero es bastante bueno. Lo escribí en enero del 2002, en una de mis visitas a la ciudad de México, antes de vivir aquí.

"...La ciudad de los palacios va dejando paso al alba..."

Estoy de vuelta en la ciudad de los ciegos indecentes, de las lluvias ácidas, de las nubes acolchonadas y robustas, del smog, del caos, del fuego.

Estoy de vuelta a la ciudad de los deseos escondidos, de hoteles nocturnos y taciturnos, azules, oscuros.                          En esta ciudad de tus labios, de tus ojos, de tus pasos.

Estoy de vuelta y no te he visto, en esta ciudad repleta de puertas que te buscan, que te llaman, que te gritan...          y aún me duelen los ojos y el cuerpo lastimado, latigado... 

EL CHAT

ESTE TEXTO LO ESCRIBÍ POR ALLÁ DEL 2003. COMO SE DARÁN CUENTA, ESE AÑO FUE CRÍTICO EN MI VIDA, JE, PERO DE ESO ALGÚN DÍA LES CONTARÉ

Esta Estrellita anda perdida, perdió su estela, perdió su pedazo de luna, perdió tantas cosas que no ha podido encontrar, quiero ver un cachito de cielo pero me han encerrado en este departamento...

no tengo palabras

la mujer que tiene los pies hermosos sabe vagabundear por la tristeza dice:

no tengo silencios

la mujer que tiene los pies hermosos sabe vagabundear por la tristeza dice:

no tengo ojos

la mujer que tiene los pies hermosos sabe vagabundear por la tristeza dice:

se me murieron los ojos

la mujer que tiene los pies hermosos sabe vagabundear por la tristeza dice:

ya no tengo ojos

la mujer que tiene los pies hermosos sabe vagabundear por la tristeza dice:

que alguien los busque

la mujer que tiene los pies hermosos sabe vagabundear por la tristeza dice:

que alguien corra tras ellos

la mujer que tiene los pies hermosos sabe vagabundear por la tristeza dice:

perdieron su color café oscuro

la mujer que tiene los pies hermosos sabe vagabundear por la tristeza dice:

perdieron su brillo

la mujer que tiene los pies hermosos sabe vagabundear por la tristeza dice:

perdieron su sueño...

la mujer que tiene los pies hermosos sabe vagabundear por la tristeza dice:

alguien mato mis ojos y no hicieron nada por detenerlo 

Una de Huidobro

NOCHE

 

Sobre la nieve se oye resbalar la noche

La canción caía de los árboles
Y tras la niebla daban voces

De una mirada encendí mi cigarro

Cada vez que abro los labios
Inundo de nubes el vacío

                                                   En el puerto
Los mástiles están llenos de nidos

Y el viento
                      gime entre las alas de los pájaros

LAS OLAS MECEN EL NAVÍO MUERTO

Yo en la orilla silbando
             Miro la estrella que humea entre mis dedos

 

Vicente Huidobro

 

QUE BONITO, JE, SOY LA ESTRELLA PERO ¿QUIÉN ME MIRA?

 

He muerto

Este es el inicio de la compilación de una serie de textos chuecos que he escrito durante mi tormentosa vida amorosa, jaja, a ver que tal. Este no recuerdo bien cuándo lo escribí, creo que en el 2003 cuando un psiquiatra me medicaba y me dejaba como tonta, que dizque porque me había querido suicidar.

 

AMALIA HA MUERTO!!! dice un letrero que ella lleva pegado en el cuerpo, se ha muerto de noche cuando todos dormían, con los ojos apretados para no ver la sangre chorrear de las venas de sus manos; con la boca cerrada para no pronunciar ese nombre que le dolía pensar; con el corazón ausente y las palabras mudas desbordándosele de la cabellera negra que cubre su rostro. MURIÓ AMALIA, que alguien venga por ella, que alguien venga a buscar su cuerpo. MURIÓ sola ahogada por los recuerdos que la abandonaron, mutilada por el amor que se le escapó de las manos, MURIÓ sola en esa habitación multicolor sin poder recordar el rostro de ese a quien le entregó el corazón. Se dejó morir por el miedo a olvidar, por el temor a no ver de nuevo, por la ausencia, por la falta, por la entrega. Se negó a continuar, no pudo seguir y se fue, se marchó. Que alguien venga a buscarla!!! se le están pudriendo los ojos de tanto llorar, se le están cayendo las manos.

  

7月20日

El fin

Estoy terminando ya los últimos pendientes de mi vida universitaria y me siento triste. He terminado ya un largo ciclo y eso me pone, a parte de contenta, melancólica y triste. No sé qué vaya a ser de mi vida, me da miedo lo que viene o lo que nunca vendrá, una maestría, una beca, un buen trabajo. La sociología no deja dinero a menos que seas muy brillante y sepas moverte, pero yo me muero de miedo.
¿Alguien por ahí necesita a un socólogo a su servicio?
LLAMEN... O DEJEN MENSAJE AQUÍ. 
7月12日

Mi vida con Josefina (12/07/07)

MI VIDA CON JOSEFINA 

Jorge Ibargüengoitia, "Mi vida con Josefina", en El Nacional, México, 4 de julio de 1954 / Revista Mexicana de Cultura.

Josefina es una muchacha que debe tener unos veintitrés años, o veinticinco, nunca sabe uno. Es alta, flaca, tiene el cutis blanco pero no muy bueno, algo pecosa, los ojos verdes, muy redondos y bonitos, los pómulos salientes y el ca¬bello de ésos que no se sabe de qué color son, por¬que en la sombra es negro y en el sol rubio. El con¬junto es tan de mi gusto que cuando la veo, siento que me disparan un balazo en la garganta y que sube y que me estalla la cabeza y que se me nubla la vista. Una situación tan molesta que decidí man¬darle una carta más o menos así:

"Querida Josefina: Te vi por primera vez hace unos tres años, estábamos esperando un camión en Cinco de Mayo, y me gustaste tanto que tuve que seguirte. Cuando te diste cuenta, torciste el pescue¬zo y fuiste muy atenta viendo el paisaje, yo llevaba una chamarra inglesa que me quedaba chica. Una tarde, en las posadas de cincuenta, fui a rondar por tu casa; estabas afuera, cosiendo, sentada en el pas¬to, con el bigotón que entonces era tu novio, junto, tirado en el suelo; yo estaba muy enojado y me es-condí atrás de unos pinitos que hay por allí cerca. Pasó el tiempo y te veía comulgar los viernes prime¬ros, desayunar en Sanborns y manejar tu maquinota calculadora. Una vez, entraste a San Francisco, yo es¬taba tratando de confesarme, me viste, estoy seguro, y te metiste a rezarle a la Virgen del Rosario. Otra, estabas en la barra de Sanborns con tu amiga la de la dulcería y yo con mi amigo el de los anteojotes, y una muchacha, junto a mí, tuvo una hemorragia y no pudo terminar su desayuno. ¿Te acuerdas?

"Como último dato para mi identificación te diré que soy el que el lunes en la mañana estaba parado en Reforma, dos cuadras abajo de donde to¬maste el coche”.

"No estoy seguro ni de tu nombre, me lo imagi¬no, porque el 19 de marzo todos hicieron cola para abrazarte, mientras que yo espiaba, lleno de rabia, desde el Banco Nacional que está frente a tu ofici¬na . Sé también que eres lindísima, que vives en las Lomas en una casa no muy cara,  con un jardín muy cuidadito, que afuera hay dos mimosas y una Jaca¬randa que parece que las podó mi tía Conchita, que hace tres años eras novia de un grandote que llegaba tarde a misa, que te gustan los vestidos grises, que te despides de tus amigas con un apretón y les rom¬pes la mano; nunca te he visto en el cine, ni en el teatro, ni en ningún lado: no sé qué lees, ni qué pien¬sas, ni cómo hablas. Tampoco sé qué es lo que tanto me gusta de ti.

"Considera esta carta como una presentación, co¬mo si la hubiera hecho Wallys Simpson. Si no me reco¬noces por mis descripciones, es que eres una distraída de todos los diablos. Para que puedas verme, estaré en Cinco de Mayo, frente a tu oficina, el jueves de diez a once, absorto en la lectura de una revista roja, con un saco de pana azul. No te rías mucho de mí.

Firmado."

Sabía su nombre, pero no su apellido. Un amigo mío tenía posibilidades de averiguarlo, lo llevé al Banco Nacional, desde la ventana la vimos hablando por teléfono, con un sweter (sic) blanco; dije a mi amigo:

"¿Quieres averiguar el nombre de esa muchacha?"

Después de estudiarla atentamente, me dijo: "¿Pa¬ra qué quieres saberlo?"

"Le escribí una carta, pero no sé su apellido".

"¿Qué le dices?"             

"Que me gusta mucho".

"Muy anticuado. Mejor la esperas, cuando salga a la calle, la coges del brazo y le dices: señorita, quiérame. Es infalible".               

"Vete al diablo".        

"Además, me ofende mucho que me creas dis¬puesto a prestarme a un alcahuetaje de esa índole. Has roto mi estructura moral".

Allí lo dejé y me fui a las Lomas, toqué en su casa, varias veces, porque el timbre estaba medio descompuesto, vino una criada muy mal encarada, le pregunté por Jorge Ibargüengoitia, que soy yo, me dijo que no vivía allí, le dije que sí, me dijo que no, y después de un instante de silencio, que no era posible porque allí vivía la familia M... Me despedí y caminé hasta la esquina antes de apuntar el nom¬bre en mi agenda. Mandé la carta.  

Carta número dos. Tres días después.

"Querida J.: Espero que hayas recibido mi car¬ta; por las dudas, te diré que soy el idiota que esta¬ba parado afuera de San Felipe cuando venías con tus amigas esta mañana. No digas que no me viste, porque hasta te asustaste un poco al verme, no creas que no me di cuenta.

"Cada vez que te veo me gustas más y estoy dis¬puesto a hacer cualquier cosa por agradarte: Tirar¬me de un sexto piso cuando vayas pasando por aba¬jo o aventarte piedritas a la ventana de tu oficina para que todos se enteren de que te quiero mucho mucho mucho.

"Me encanta que se te salga la camisa de la falda, y más que no te dé vergüenza y seas capaz de arreglártela delante de veinte gentes. Firmado."

Unos días después, estando en San Francisco, muy quitado de la pena y devoto, que se levanta la Jose¬fina con un abrigote y se da la vuelta para salir; me vio, apretó los labios, se pegó a la pared, cerró los puños y salió decidida a rechazarme a golpes si intentaba violarla. En San Francisco, nada menos que en San Francisco.              

Carta número tres.

"Querida J.: Espero que hayas recibido mis car¬tas anteriores.

"Ayer fui a la una a Madero y me paré afuera de San Felipe con la más firme intención de guiñarte el ojo cuando salieras a comer. Tengo una malísima memoria visual, así que me pasé media hora corre¬teando flacas; todas las que pasaron por el pasaje América. ¿Qué haces que no te vi? Hay la posibili¬dad de que comas en el Centro Vasco; pero en ese caso, mientras yo esperaba paciente afuera de San Felipe, te comiste un cocktail de frutas a la mexica¬na, una sopa asturiana, una fabada igual, un roba-lito en mojo de ajo, unas escalopas de ternera con puré de papa, unos caracoles bordalesa, y de postre, natillas o helado, café o té, lo que no está de acuer¬do con tus dimensiones. Hay la posibilidad de que comas unas tortas de frijoles en tu oficina, que es mucho más moral, pero el caso es que yo no te vi.

"Esa tarde fui al cine a ver Harvey y cuando aquello de:

"'¿Qué es un puka? —Puka, dice el diccionario, es un ser de la mitología celta, muy amigo de borrachos, que se presenta a cualquier gente en cualquier parte y a cualquier hora. Y, ¿cómo está usted, Mr. Wilson?' Que es donde siempre me muero de risa, pues allí estaban cuando te vi adelante de mí, acompañada por un imbécil que medía por lo menos uno noventa.

"No podría explicar lo que sentí, pero no fue nada agradable. Lo peor es que el imbécil se empe¬ñó en cogerte la mano y tú no lo dejabas. Luego pasó algo peor: Lo dejaste. Y luego algo peor todavía:  Puso su mano sobre tu rodilla y tú no protes-taste. Pasé los treinta minutos más horribles de mi vida, tuve náuseas, no pude ver la película, hasta que encendieron las luces y resultó que no eras tú, ni siquiera se parecía a ti. Me quedé más tranquilo y convencido de que si esto sigue así vas a conver¬tirte en mi Puka particular."

"Por aquello de la mala memoria visual y porque en Madero me siento como Daniel en el Foso de los Leones, he decidido cambiar de táctica: Los días primero, dos y tres de octubre, voy a intentar ha¬blarte por primera vez, si es que no enmudezco; he pensado las cosas así:

"Esos días me levantaré muy temprano, es posi¬ble que no pueda ni dormir, me doy un baño de garganta con una de esas bombitas que usan los tenores, hago mi mi mi... do, me pongo mis me¬jores galas y me voy a San Felipe a comulgar, luego espero a buenamente encontrarte sola, aunque no haga otra cosa en todo el día; me acerco a ti y con voz temblorosa, pregunto: Señorita, ¿quiere usted decirme qué horas son? Entonces, tú me respon-derás según la siguiente clave:

"CLAVE. —Si quieres decirme: Vaya usted al demonio, me dirás: Mire usted, en esa casa, de azu¬lejos, hay exactamente diez y ocho relojes, puede consultar cualquiera. Y te vas. ,

"Si quieres decirme: Recibí tus cartas y no me pa¬recieron una idiotez, me dirás: Son las tres y cuarto.

"Si no quieres decirme nada consultas tu reloj y me dices la hora exacta.

"¿Entendido?  

"Ojalá no te parezca esto tan absurdo, porque de lo contrario, voy a terminar alquilando la Banda de Marina para que te toque la Marcha Zacatecas en pleno Cinco de Mayo, a las tres y cuarto.

"Y para terminar: Good by (sic) my sweet Puka.

 "Firmado.

"P. D. Si esta carta cayera en manos que no sean las de mi Josefina, que se las coman los cuervos."

El primero de octubre amaneció frío y con niebla; muy temprano me bañe en agua helada, me vestí lo mejor que pude y con el estómago, muy profundo, salí de mi casa. Eran apenas las siete y media.

Había que llegar a las Lomas antes que la mu¬chacha bajara al centro. Tomé un camión de segunda, repleto de trabajadores de las fábricas de guerra, que se descompuso tres veces en el camino. Me bajé en el Monumento al Petróleo, helado, muerto del susto y nerviosísimo.           

Cuando llegué a la esquina escogida después de muchas consideraciones estratégicas, encontré la ban¬queta empapada, y como no es posible conquistar a una mujer con los pantalones mojados, tuve que po¬ner mi pañuelo para sentarme. Y sentado me sentí como señora porfiriana.        

La acera de enfrente está llena de árboles y la de este lado de cedros enanos. Ella vendría de la de¬recha y no era probable que me viera hasta no estar frente a frente.

"Si me abofetea, la insulto; si me dice que son las tres y cuarto, me caigo de gusto". Pero el tiempo pasaba y ella no venía.               

Por investigaciones anteriores, sabía que la mu¬chacha tenía que pasar por ese lugar y que no podía tardar mucho porque tenía que estar en el centro a las nueve de la mañana, pero la espera era muy amarga de todos modos. El lugar estaba casi desier¬to, sólo había barrenderos y criadas de casa rica. Yo sentado en mi pañuelito, titiritando y encomen¬dándome a todos los santos.

"Si cuando me vea me nace una sonrisa dulce, es muy buena señal. Si se ofende, la regaño". Pero el tiempo pasaba y ella no venía. No tenía reloj y pensa¬ba que ya serían más de las nueve, pero la mañana se¬guía igual de fría. Y más barrenderos y más criadas de casa rica. "Es posible que le dé miedo y entonces ten¬dré que ser prudente y tranquilizarla. Pobre, va a pa¬sar un buen susto: verme aquí, con la calle tan sola".

En el silencio de mis pensamientos y de la calle, se oyeron unos tacones de muy lejos, toc toc toc toc... La vi venir, poniéndose los guantes, con an¬teojos negros, altísima y flaca como una escoba. El destino poniéndose los guantes. El estómago se me fue hasta China.

Me levanté apresuradamente y recogí mi pa¬ñuelo, lo doblé y lo guardé en la bolsa del pecho de mi saco. Tenía las manos heladas y la boca seca. Toc toc toc...

"¿La dejo ir? Nada, hay que cruzar la calle. ¿Podré llegar al otro lado? Si me desmayo a la mitad va a ser muy ridículo. Mi mi mi... do". La otra muy seria, sin haberme visto siquiera, en la agradable intimidad de sus anteojos negros. Tambaleándome empecé a cru-zar la calle. Un esfuerzo horrible para hablar.

"Seño... (se me va la voz). Señorita... ¿Quiere decirme su hora?"

Se detiene, hace un primer movimiento para ver su reloj, recuerda que es primero de octubre, me ve muy seria y espera a que me acerque un poco mas. Muy tranquila.

"¿Usted es el que ha estado mandándome car¬tas?"

Yo me ofendo: "¿Qué tienen de malo mis car¬tas?"

Muy despectiva: "Nada. Son muy chistosas". Sigue caminando.

Siguiéndola, más ofendido: "¿Cómo chistosas?"

"Sí. Muy chistosas".

La agarro del brazo y me detengo: "Oiga, espé¬rese, tenemos que hablar".

Se suelta muy enojada, pero habla muy lenta¬mente: "Suélteme porque tengo que ir a trabajar y ya se me hizo tarde".

Se va y yo me quedo tan asustado como si hu¬biera intentado violarla; tengo que dar un brinco para alcanzarla.

"¿Por qué tiene que ser así?"   

Ella sigue muy enojada: "¿Me ha visto coque¬teando con desconocidos?"

Yo, gritando: "No. Y si la hubiera visto no esta¬ría aquí haciendo el ridículo".

Unos pasos en silencio

Yo: "¿No puede darme una oportunidad?"

"¿De qué?"       

"De conocerla. Mire, no le pido que esté ena¬morada de mí".

"Ya  lo  sé".        

"¿Entonces por qué no quiere hablar conmigo?"

"Estamos hablando".    

"Pero no así. Deje que un día salga con usted".

"No acostumbro salir con desconocidos".

Pasos en silencio. Mucha angustia. La Reforma se acerca.

"¿Está comprometida?"

"Mi vida particular es MI vida particular".

En la esquina de Reforma.         

"¿Estoy pidiéndole algo imposible?"

"No".

"¿Le he hecho proposiciones deshonestas?"

"NO".

"¿Entonces por qué me manda al diablo?"

"Porque no acostumbro salir con desconoci¬dos".        

"¿Pero qué tiene de malo que salga un día y se tome un café conmigo?"

"Tampoco'tiene nada de bueno".          

"Déme una razón y ya no la molesto".

Sintiéndose muy tonta:  "No acostumbro salir...

"Ésa no es razón, es una necedad".

Trata de persuadirme: "Ni me conoce. A lo me¬jor ni le gusto".

"Me gusta horrores".   

Satisfecha: "Qué bueno”

"Dígame por qué no quiere salir conmigo".

"No acostumbro salir con..." Se le va la voz.

"¿Cree que estoy tomándole el pelo?"

"Me voy en este coche".

"Voy a seguirla molestando".      

“Bueno”.            

Angustiado: “¿Qué no le importa?”

Muy tranquila: "No".

El coche se detiene, ella abre la puerta de atrás y yo, furioso, la de adelante. Nos miramos y ella, asustada, sonríe por primera vez.

Es un coche de a peso, atrás va un matrimonio amigo de la muchacha, adelante, el chofer y yo tem¬blando, con el corazón en la garganta.

Ella pregunta, fresca como una lechuga: "¿Por qué raparon a la niña?"

La amiga, sorprendida de ver a Josefina peleán¬dose con un tipo en plena calle y haciendo un es¬fuerzo por pensar en el pelo de la niña: "Lo tenía horrible".

Ella dice: "Se ve muy chistosa".

Por allí va la conversación, que como todas las de mujeres, es de que ella me dijo y que yo le dije y que mi papá se va de viaje y que mi mamá es muy estricta y no deja que me quite el luto y que Mag¬dalena está más flaca que yo y que no comí, no dor¬mí y tuve jaqueca.

Yo, muy poético viendo la Reforma otoñal, con los árboles sin hojas.

El chofer me pica las costillas muy excitado: "Van cinco, mire, van cinco. ¿Vio? Van cinco".

"¿Qué?"

"En ese carrito van cinco pasajeros. ¿Vio?"

Es un automovilito inglés, de esos chiquitos, que lleva cinco pasajeros.

Yo: "Pero mira cómo va ese gordo. Jo jo jo".

Reírse en esos momentos de un pasajero gordo que no cabe en un coche es como tomarse una cer¬veza en el desierto de Sahara. Todos hacen coro me¬nos la muchacha. Jo jo jo por el pasajero gordo del carrito inglés.

Muy poéticamente pienso: Me siento veinte años más joven. (Tengo veinticinco.)

El chofer y yo empezamos a platicar, es nuestro turno; como hay señoras presentes, no puede decir¬ me de sus conquistas eróticas, así que abordamos un tema de interés general: Que aquí no puedenhacerse coches porque los gringos nos tienen apersogados, que el Fiat, que el Mercedes, que el diesel, que los motores alemanes tienen el cárter (sic) muy chico, que corre que no corre, que gasta que no gasta, que es bueno que es malo, que el carburador, la manguera, el mofle.

El matrimonio se baja en Balderas y la mucha¬cha se queda, sola atrás, muy callada, mientras el chofer me dice de una reparación que piensa hacer¬le al coche y de un aditamento para que suene como Jaguar que sólo cuesta ciento sesenta pesos. En el alto de San Juan y Avenida Juárez la muchacha dice: Me deja en San Felipe. Saca un billete de a peso y se lo pone en las narices al chofer para evitar que yo pague por ella. No muevo ni una pestaña.

Al bajarse, medio burlona, me dice: "Adiós".

Furioso: "Adiós". Se aleja muy seria y yo le digo al chofer: "Ésta es una apretada".

El chofer la inspecciona: ¡Ba! Es una flaca".

Yo: "Me deja en la esquina de Gante".

Chofer: "A ver si la próxima vez que venga con¬migo ya tengo el aditamento para que lo oiga sonar como Jaguar".

"Ándele. Muchas gracias".

Me quedo parado afuera de la High Life, sólo atino a comprar pan para desayunar en mi casa.

Una semana después, a la misma hora, en el mismo lugar de los árboles y los cedros enanos y los barren¬deros y las criadas de casa rica y la banqueta moja¬da. Ella pasa y por razones desconocidas me deja atrás. Dando traspiés le digo: "Señorita pst pst". Ella voltea, hace un gesto de desagrado y dice entre dientes: "¡Qué lata!"

"¿Qué dice? No esté enojada. No sea tonta".

Frente a frente.

Ella chisporroteante; nunca la había visto tan bo¬nita: "Mire: Yo tengo novio y no quiero que me vean con nadie en la calle. Y menos cerca de mi casa".

Se me cae el mundo: "¿Tiene novio? ¿Y por qué demonios no me lo había dicho?"

Culpable: "Porque no quise".

"Pues qué tontería. ¿Cree que fue muy diverti¬do? ¿Por qué no me lo dijo la otra vez?"

Más culpable: "No quise. ¿Ya?"     

"Esto es un impedimento definitivo, y no sabe cuánto lo siento, no volveré a molestarla".

Me detengo, ella da unos pasos más y casi se cae, estamos en la esquina de Reforma.

Con las manos en las bolsas le digo: "Adiós".

Me mira un poco apenada y por primera vez me sonríe muy dulcemente: "Que le vaya muy bien".

"No se apure por mí".   .              :

Mientras me apoyo en un muro para no caer¬me, ella detiene un coche. No puede abrir la puer¬ta. Un señor muy viejo llega a la esquina.

Yo digo: "¡Qué tristeza!"

Se sube al coche sin verme. El viejo me mira sin entender a quién le hablo. El coche va fallando y se aleja lentamente. Me quedo apoyado en el muro, con las manos en las bolsas.

• Jorge Ibargüengoitia, "Mi vida con Josefina", en El Nacional, México, 4 de julio de 1954 / Revista Mexicana de Cultura.